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Prize

1986

Open air theatre

El venedor de gelats

XVIII International Theatre Festival of Sitges

Best performance

 

 

 

Hyperrealist theatrical action.

It consists of a character "The seller of ice cream" with an ice cream cart or itinerant scenery, the tools of his work.

The performance consists of walking through the urban center with a professional ice cream cart, provided with three containers with their corresponding lids, a coin box for change and cookie cornets.

 

Communication with the public will exist following the same patterns of improvisation and development that are respected in everyday life, that is: the ice cream vendor is doing his work, talking, being friendly and attentive with his clients, and above all he sells ice creams asmuch as he can . In the act of buying an ice cream, the spectator client will have a personal relationship with the actor seller, participant does not know with what measure to two acts simultaneously, that of buying an ice cream and to establish a personal relationship with the actor in the course of representation.

 

As you can see, these performances were appearing, during the tour periods of  the URBAN MAN and were in some way fiduciary of their evolution. All revolve around the qualities of presence and the theatricality of what is conceptually not theatrical.

 

Aquí me atreví a una curiosísima experiencia que fue llevar hasta sus últimas consecuencias la negación del juego y del ego del actor que se engalana conla mirada de los demás. El actor puede bajar al patio de butacas, acercarse al público, puede tocarlo, pero siempre es el actor que se acerca al espectador. Es desde una situación de poder, de ejercer demagógicamente el no poder, sabiendo que es y lo juegas como una concesión.  Ese acercamiento con grandes comillas "humano" hacia otros seres que aceptan un estado de sumisión al sentirse privilegiados por estrechar una mano o recoger un autógrafo. Una forma más de perversión que damos ya por tan natural que nos hemos olvidado de su significado. Habría que retroceder a sociedades antropológicas ancestrales para ver lo humanamente perverso de este comportamiento, esa perversa relación con el líder.

 

Pues no! Aquí iba a presentar un trabajo en que por ningún momento existiría esta escala de valores. Íbamos a instalar en una plaza pública de la localidad de Sitges, donde una vez más habíamos sido invitados por Ricard Salvat para presentar un nuevo trabajo, un tradicional y ortodoxo carrito  de helados con su sombrilla y sus tres conos plateados protegiendo las tres variedades clásicas de helados; vainilla, fresa y chocolate. Atendiendo el carrito, el Venedor de Gelats con su gorrito, chaqueta blanca abotonada hasta el cuello, y así igualmente su ayudante, en este caso el actor Albert Purgimont, asiduo colaborador de la compañía, y que se encargaba de cobrar y dar el cambio. Del mismo lado del carrito dos sillas de tijera de madera para los momentos de descanso.

 

Como podéis imaginar la performance se llamaba EL VENEDOR DE GELATS. Todo hay que decirlo las tres clases de helados que habían en el carrito eran de la máxima calida y fueron preparados especialmente por Quim Capdevila de Vic, profesional y experto en repostería.

 

No había que esperar. El sol del mediodía castigaba las cabezas descubiertas y los cuerpos demasiado abrigdos. El calor era nuestro mejor aliado. Los transeúntes merodeaban entorno a aquel carrito, algunos con un cierto deje de desconfianza.  Pues sí, unos sabían porque tenían el programa del festival y otros no lo sabían. Les daba miedo como acercarse, incluso los "advertidos" parecía que lo tenían que mirar como el que mira una instalación de arte al aire libre.

Pero bueno es que además hace calor y a lo mejor dentro de este carrito tan mono, pues igual resulta que hay unos helados que igual están buenísimos. Sigilosamente algún espectador del festival se atrevía a acercarse al carrito cuando despreocupadamente era adelantado por un inadvertido transeúnte que sencillamente pedía un helado. Roto ya el hielo, servido y cobrado el helado, ya el acceso al carrito era cuestión de cotidianeidad, de ritual asumido y conocido, pues allí dentro al levantar el cucurucho metálico, no había ninguna genialidad, sencillamente un buen helado con un buen cucurucho y a buen precio, el de mercado.

 

Alguno se me acercaba respetuosamente mientras le servía el cucurucho después de atender sus preferencias:

- ¿Pero esto es teatro?

Y lo decía:

- Por supuesto. El guión es la pregunta que usted me acaba de hacer y lo que estoy respondiendo. Son 80 pesetas. Que aproveche.

Como que el helado estaba buenísimo, al final se iban contentos, pero un poco dudosos de haber encajado o no la dramaturgia de aquella obra.

 

Una vez más las grandes lecciones las dan aquellos que no esperan darlas. Un señor a mis espaldas, habiéndose enterado del entresijo y del porqué de aquel carrito y del heladero como parte del programa del festival dijo en voz alta dirigiéndose a todos los clientes/espectadores del heladero:

- Pues vaya, si dicen que esto es teatro, resulta que yo estaba haciendo teatro toda mi vida!

Me giré amablemente al transeúnte y le dije:

- Gracias caballero, usted es el primero que ha entendido mi trabajo.

 

Así fueron transcurriendo las horas. Purgimon y yo sentados detrás de aquel carrito esperando que se acercarse algún cliente para diligentemente atenderlo y satisfacerlo. Teníamos la libertad de desplazar aquella escenografía itinerante a otros lugares quizás en esa hora más concurridos de aquel casco urbano.

Avanzada ya la tarde nos encontrábamos, cosa curiosa, delante del mismo parterre donde años antes había estrenado el HOMBRE URBANO como PARC ANTROPOLÒGIC. Allí sentaditos de nuevo el heladero y su ayudante con su carrito de helados esperando la llegada de algún cliente. Como el calor de la tarde había remitido y así empezaba a hacerlo la luz del día, era – como decían esos mismos personajes – hora ya de cerrar. Pero, oh malheur! en la lejanía veo acercarse una silueta apuntando como quien no quiere la cosa hacia nuestro carrito. Cuando pude enfocar ya bien aquella persona y distinguir sus rasgos fisionómicos, le dije a mi ayudante:

- Ostras, en Joan de Segarra, el crítico del País! Agárrate que vienen curvas.

Nosotros manteníamos la composición de nuestros personajes, pues yo tenía muy claro que no éramos Albert Vidal y Albert Purgimón sino el Venedor de gelats y su ayudante. Ya el crítico se hallaba a escasos metros de nuestra área de representación y seguía avanzando. Nada más llegar me mira, se apoya indolentemente en el carrito y me dice:

- Què Vidal, com ho portem això?

Como que no había nadie alrededor, hubiera parecido un poco forzado enrocarme en mi personaje y le concedí, eso sí sabiéndolo, un peligroso paréntesis. Le hablé como Albert Vidal, de tú a tú y la conversación fue tomando derroteros habituales de un encuestro vespertino al final del verano en una ciudad de la costa entre dos conocidos. Con la misma familiaridad le sugerí si quería probar uno de los helados, en plan buen rollo, y después de dar el primer lengüetazo, me dijo:

- Ah carai, doncs són molt bons.

Así fue prolongándose el encuentro hasta que las nubes del aburrimiento aconsejaron la despedida.

- Bé Vidal, doncs que vagi bé (habiéndose zampado todo el helado), ja ens veurem per qui pel festival.

Había recorrido confiadamente cinco metros hacia su propio destino dándome la espalda cuando súbitamente recuperé mi personaje y compostura y le llamé la atención con un tono amable pero profesional diciéndole:

- Psssss, senyor, disculpi, són 80 pessetes.

El Venedor de Gelats había ganado la partida. Al sacarse las monedas del bolsillo se le cayeron al suelo. Lástima de fotografía acachado casi a cuatro patas frente al heladero para recoger sus monedas y pagar así la consumición. Punto final!

Esta de verdad que es una de las obras más divertidas que he hecho. Tuve que chocar una vez más con algún respetadísimo ultraortodoxo de la crítica que era obvio no se había enterado de nada. Pero a mi rescate vino el poeta y escritor Carles Hac Mor que en una celebrada crítica de la revista de arte  hablaba del VENEDOR DE GELATS como de una obra maestra del teatro nihilista del siglo XX. Carles Hac Mor, merci beaucoup.

 

CREDITS

 

Creation and direction

Ice cream seller

Seller assistant

Technical advisor

Elaboration of ice cream

Photographer

 

Albert Vidal

Albert Vidal

Albert Purgimon

Cristòbal López

Quim Capdevilla

Leopold Samsó

 

 

EL POETA CARLES HAC MOR ESCRIBE SOBRE EL  VENDEDOR DE HELADOS.

REVISTA FENICI. VERANO 86

 

 

... En efecto, EL VENEDOR DE HELADOS bien puede ser considerada una obra maestra, y no sólo dentro del ámbito del hiperrealismo  minimalista teatral, si no también en el campo del teatro considerado  en su amplia gama de tendencias históricas y contemporáneas.

 

Como es sabido, Vidal, durante el Festival Internacional de Sitges, se limito a ir por calles y plazas con un carrito de helados y a venderlos., en eso consistió El vendedor de helados, que ganó  el premio al mejor espectáculo calle.

 

Y como es lógico, a causa  de la genial simplicidad de la obra, nada condimentada, ha habido críticos que se han quedado con un pie afuera y la han calificado, negativamente de no ser  nada. El hecho de llegar a la nada es a veces una virtud, sobre todo porque supone uno impugnación al más difícil todavía!, que  sea convertido en el  lema  secreto y nefasto de numerosos artífices de la cultura, para los cuales el espíritu que anima a los que dan saltos mortales en los circos, así como el taylorismo y stakhanovismo, son los principales elementos ideológicos que les impulsan  a producir obras.

 

Albert Vidal, con EL VENEDOR DE HELADOS, ha demostrado que sin emoción, sin complicidad, sin diversión, sin provocación e incluso sin público, el acto teatral es factible. Y, bien mirado, esta no es la principal calidad de la obra de Vidal., es simplemente, una de las deducciones que uno puede sacar, cuya deducción, además es posible hacerla perfectamente sin conocer la existencia de El Vendedor de helados.

 

No querer decir nada equivale, según como, a quererlo decir todo.,y, lo que es menos, hay veces en que no querer decir nada equivale, sencillamente – y valga la redundancia- , a no querer decir nada. Y esta es la más estimulante lectura que se puede hacer de El Vendedor de helados, que se no presenta como un refrescante oasis en medio de tanta gente que tiene tantas cosas que decir y que las dicen todas mal, con el agravante de que son cosas que no merecen ser dichas.

Ahora bien, El Vendedor de helados no es un revulsivo contra ninguna forma de grandielocuencia ni contra nada. Y ante todo, es una obra que no pretende  ni la más mínima provocación., y aquí está  lo más interesante, ya que tanto los autores como el público, conciente o inconscientemente,  lo que pretenden y esperan casi siempre es la provocación en alguna de  sus variantes.

 

Y si no quiere decir nada, tampoco quiere decir que – como alguno ha afirmado- el teatro es inseparable de la realidad cotidiana. Una magistral y simpática puesta en escena de la obviedad y de la tautología inspiradamente elevadas a categorías teatrales, esto es para mi  El Vendedor de helados ., y todas las elucubraciones que se quieran añadir  serán originadas por el horror vacui y por las consiguientes llamadas al orden, bromitas y teorizaciones que producen espectáculos limites como este.

 

Sin embargo, ya sabemos que la función de los intelectuales es la de interpretarlo todo, así como la de dar sentido a las cosas, incluso a aquellas que son admirables precisamente por su falta de sentido..

 

CARLES HAC MOR